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Cumbia para educar

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Cuando mi hija menor cumplió 13 años me pidió ir a un recital con una amiga. No soy asidua asistente a este tipo de espectáculos pero no podía delegar en otra persona esta experiencia iniciática, así es que, una noche después de mucho debate, nos fuimos a escuchar,  a ver, a vivir un recital.

Desde el primer momento, Sus ojos no alcanzaban a mirar, sus oídos a escuchar, su cuerpo a experimentar lo que allí sucedía. Los movimientos, los gritos, los olores, los sonidos, producían efectos de alto impacto. Yo misma experimentaba sensaciones nuevas. La experiencia compartida se nos hacia inabarcable. Desde ese día, repito, a quien quiera escucharme, que cualquier adulto –madres, padres, profesores, incluso médicos-  que quiera entender qué pasa por las entrañas de un adolescente tiene que ir a un recital de rock, de cumbia o a una bailanta. Poco puede entenderse de ellos sin esa experiencia.

 La música es, por supuesto, una expresión artística. Pero hoy es para los jóvenes mucho más que eso. La música que escuchan, que producen, que cantan, los constituye como sujetos. Para los jóvenes la música es un lugar en el cual ampararse, un lugar en el cual resguardarse de un mundo que asoma enorme y desapacible. La música es parte de su cultura, de su modo de ser en el mundo. Qué escuchas, de algún modo, nos dice quien sos.

Por eso, mirar los consumos musicales de los adolescentes nos permite acercarnos a ellos. Ignorarlos no sólo nos lo impide sino que nos aleja de ellos.

Mucho se habla sobre los altos índices de deserción en la escuela secundaria. Te preguntaras qué tiene que ver la música que escuchan con los pibes con el hecho que dejen la escuela.

 Y aunque no lo creas, tiene mucho que ver. Porque asi como sienten la música como su lugar muchos de ellos confiesan que en la escuela no lo encuentran, que no se sienten interpelados por lo que les propone.

La educación se baila de a dos, la pareja ideal docente interesado alumno interesado. Pero no es sencillo cuando la escuela ha incluido una enorme diversidad de estudiantes cuyos perfiles no ingresaban años atrás. Muchas veces los adultos no terminan de entender quiénes son esos que llegan a clase con sus con crestas punks, o con sus rastas o con la su estética de alguna tribu urbana que son modos visibles de sus búsquedas de identidad. Estudiantes tan diferentes a los que llegaban a clase décadas atrás con su delantal blanco y su respetuosa pulcritud.

Estos adolescentes que no entienden la autoridad del modo en que la supo instalar la escuela durante décadas Hoy piden otra cosa. Pero como acompañar su formación sin conocer sus códigos?

La cumbia, la cumbia  villera, incluso el rock tienen -a primera vista- poco o nada que ver con la escuela. Sin embargo, señala Kaplun que es allí, en la música, donde emergen conflictos socio-culturales, a veces con violencia, que ayudan a entender el contexto y los mundos juveniles en juego.

La educación es un derecho que la sociedad debe garantizar a todos los adolescentes, pero como lograr que no se vayan, que recuperen el sentido de participar en las clases? Si, ya se, pensas que voy a proponer que escuchen cumbia y se resuelve el conflicto. Y te decis, esta mujer enloqueció. Y en parte es asi y en parte no… es más te cambio la pregunta, escuchar? Para qué? Tal vez porque conocer las prácticas culturales de los jóvenes puede ayudar a animarse a afrontar el desafío que implica  escucharlos sin tanto prejuicio, para comprender como piensan, sienten, actúan y desde ese conocimiento recuperar el sentido de la educación en el S XXI