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Educar en diversidad

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Las noticias nos sumergen en el drama de miles de familias que se ven obligadas a migrar, recorren desiertos y mares, huyen hacia lo desconocido, con el horror en sus espaldas y la esperanza en sus corazones. Las migraciones son crudas manifestaciones de la violencia social, violencia que anida en el miedo al diferente y echa raíces en gran medida en el desconocimiento, en el otro. Es en esas tierras donde el prejuicio y el odio del otro se hace fuerte. Por supuesto no son las únicas, Gracía Canclini, asegura que la inestabilidad, la precariedad laboral o el desempleo desarrollan condiciones expulsoras y los que se quedan en sus lugares originarios sobreviven a circunstancias adversas.
A su vez Tzvetan Todorov, el brillante filósofo recientemente fallecido, sostiene que el extranjero no solo es el otro, sino que nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto. Cada uno de nosotros es un extranjero en potencia. Por como percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización, dice Todorov.
La educación tiene mucho que decir en este encuentro, urgente e imprescindible entre culturas, la educación formal, la no formal, la educación no solo de niñas, niños y jóvenes, sino también de periodistas, de comunicadores, de agentes de seguridad. Hay mucho trabajo por delante, hay que educar en la diversidad, para comprender, conocer, para respetar, para construir una cultura de paz en la que todos estemos y formemos parte.