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Educación: la idea nostálgica de un tiempo dorado

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La escuela es sinónimo de oportunidad para cada vida, para cada comunidad, para avanzar hacia un futuro digno para la humanidad.
Por Silvia Bacher

¿Es la educación hoy, mejor que la que conocimos quienes nos formamos en el SXX? Esta pregunta que me formulan con frecuencia, muchas veces, no es una interpelación sino una afirmación contundente. La escuela, sostienen mis circunstanciales interlocutores, cumplía entonces con las expectativas de un modelo de sociedad en el que madres y padres respetaban a rajatablas lo que indicaba el docente y ese docente tenía claro qué y cómo enseñar a sus estudiantes. Señalan que eso ya no se vive en las escuelas. Se busca en el pasado respuestas a un tiempo y un paradigma que no se ajusta al actual. Para comprender la caducidad de esa idea nostálgica de un tiempo dorado, de un jardín mas verde, nada mejor que recurrir a Janusz Korczak, un médico que en plena guerra mundial luchó y perdió la vida para que se tuviera en cuenta a la niñez. Korczak es autor de un pequeño-gran libro, Si yo volviera a ser niño, breve novela en la que un profesor, agobiado por las tareas cotidianas, desea fervientemente volver a ser niño para disfrutar aquel tiempo feliz. Su deseo se cumple pero con la particularidad que en esta transformación el maestro nunca pierde la conciencia de adulto. Nadie en su entorno, familia, docentes, amigos, sospecha que ya ha sido adulto y que en su regreso a la infancia observa lo que sucede desde esa mirada. Mirada que pierde, minuto a minuto, la ingenuidad y desarma esa añoranza de lo que nunca existió más que en su memoria. Esta semana en Dubai, durante el Foro Global de Educación y habilidades que organiza la Fundación Varkey, se pudo confirmar, una vez más, la diferencia que puede hacer un docente en la vida de miles de niñas, niños y jóvenes y de sus familias.

El premio mayor del Global Teacher Prize que se entregó en ese foro, fue para el keniata Peter Tabichi, religioso franciscano, que ejerce la docencia en Pwani, una pequeña aldea africana donde los conflictos entre las 45 tribus son frecuentes y se resuelven con violentos enfrentamientos que marcan la vida de la comunidad. Su escuela, Keriko Secondary School, recibe estudiantes de 11 a 16 años, de los cuales el 95% proviene de familias pobres, muchas de ellas monoparentales, de zonas rurales que los llevan a recorrer hasta siete kilómetros para asistir a clase. Los jóvenes, están expuestos a problemas de drogas, embarazos de adolescentes y suicidios. Tabichi, docente de innovación en tecnología, se propone mostrarles que pueden soñar y sobre todo, construir escenarios más dignos a través del aprendizaje que incluye conocimientos académicos, pero también valores vinculados a la construcción de paz y respeto por el otro. Entre sus logros, fueron valorados la reducción del abandono escolar, el fortalecimiento de la comunidad a través de programas de seguridad alimentaria, y el desarrollo de un dispositivo que ayuda a las personas ciegas a medir la distancia entre objetos; este proyecto ganó la competencia nacional de Ciencias y está clasificado para un torneo científico y de ingeniería en Arizona (Estados Unidos). Por su parte, Débora Garófalo, la docente que llega a la final del Global Teacher Prize, desde San Pablo, Brasil explica que en su escuela -EMEF Almirante Ary Parreiras-, ubicada en la intersección de 4 favelas, el escenario no difiere mucho del que vive de Peter. Los propios chicos traen la violencia a la escuela, asegura la docente. Viven en condiciones de extrema pobreza, sin casa, desnutridos y sin saneamiento básico, ya que la mayoría vive cerca de un arroyo donde hay un basural. Débora como tantos otros docentes, busca levantar la autoestima de sus estudiantes, para lo cual se vuelve imprescindible dar un nuevo significado a la escuela. Ella elige la tecnología como una propulsora del aprendizaje para que los propios chicos puedan intervenir en sus comunidades, su proyecto se llama Junk Robotics, Promoting Sustainability programme y ha logrado reciclar junto con sus estudiantes una tonelada de basura que utiliza en dispositivos robóticos con fines sustentables. “Siempre les digo a los chicos que no son las condiciones las que determinan su futuro, sino ellos mismos. Es fundamental construir una educación por fuera de los muros de la escuela”, afirma la docente. Para ellos busca que no sea una escuela que solo produzca conocimiento sino que pueda actuar en soluciones locales. Martín Salvetti, llega desde el sur del conurbano bonaerense, mostrando que la radio y el aprendizaje en servicio son caminos posibles para esa transformación. Melissa Salguero, que vive con dislexia, transmite desde la música a sus estudiantes del Bronx (Estados Unidos) la noción que es posible lograr con esfuerzo y perseverancia lo que se propongan. Así, podemos recorrer la historia de cada uno de los diez finalistas de este premio, pero también identificar a miles de equipos docentes que en Argentina y el mundo, no temen experimentar, o más aún se animan a vencer el miedo y van, junto con sus estudiantes y comunidades, transformando vidas, construyendo sueños.

Siempre es bueno volver al médico polaco que se atrevió a salir del consultorio para mirar a los chicos como sujetos de derechos. Korczak señala que “…No podemos decirles a los chicos que tienen que ir a la escuela porque así se ganarán la vida. Decirle a un ser humano que tiene que estudiar porque está trabajando para tener trabajo es contradictorio con darle un sentido a la vida. Porque lo que le estamos diciendo es que su vida sólo vale para ser conservada en sí misma, y no para producir algo diferente. Si a un ser humano le decimos que lo único que importa de todo lo que está haciendo ahora es prepararse para seguir viviendo, estamos hablándole a un esclavo y no a un ser humano. Los seres humanos tienen que sentir que lo que hacen tiene algún sentido que excede a la autoconservación. No se le puede plantear a un ser humano que el sentido de su vida está en ganarse la subsistencia, porque eso no es el sentido de ninguna vida. Tenemos que terminar con esta idea que les planteamos a los chicos de que el único sentido de conservar su vida es para que trabajen y sobrevivan: el sentido de conservar su vida es para producir un país distinto en donde puedan recuperar los sueños. Y la escuela es un lugar de recuperación de sueños, no solamente de auto-conservación.”

Habitamos un tiempo de vorágine, de transformación y caos. La mirada sobre un pasado ideal resulta tranquilizadora pero poco fértil para construir nuevos modos de educar. Son muchas las políticas públicas que se han vaciado de sentido. A veces, los funcionarios con ánimo de Quijotes solitarios buscan intervenir sin dar voz a la experiencia de quienes dia a dia sostienen, con errores pero sostienen, la cotidianeidad del único espacio que tiene como misión garantizar la formación de las nuevas generaciones para el ejercicio de una ciudadanía plena, la escuela.  Pero este no puede ser un logro individual sino que se precisa una transformación sostenible. Para lograrla, es imprescindible que las políticas públicas se reformulen, que se invierta no sólo más sino mejor en educación en general y en la docencia en particular. Es impostergable que se garanticen mejores salarios, condiciones de formación y de trabajo. Es clave que se identifiquen las buenas prácticas y se construya un sistema educativo que se nutra, entre otros abrevaderos, de sus propios aprendizajes. En definitiva, que se reconozca a los docentes en la enorme dimensión de su tarea. La escuela es sinónimo de oportunidad para cada vida, para cada comunidad, para avanzar hacia un futuro digno para la humanidad. En las crisis, más que nunca, es necesario invertir y de ningún modo aceptar recortes en educación.

Fuente original: https://www.perfil.com/noticias/opinion/opinion-silvia-bacher-analisis-educacion.phtml